O "el nido del cuco", si te gusta más.

No son las 1000 mejores canciones de la historia, ni los 500 mejores poemas, ni los 100 mejores libros, ni tan siquiera las 10 mejores películas, ni los mejores sabores, olores o sensaciones. Son lo que se me ha pegado y sigue pegándose en la piel a lo largo de las décadas que he tenido la suerte de presenciar. Algo que a modo de Jukebox virtual, en el que pueda tener a mano la música, pinturas, fotográfias, etc. que se encuentran desparramadas a lo largo del camino.
Lo que silbo al caminar.
No es nostalgia y por supuesto que, cualquier tiempo pasado tan solo fue, anterior.
Escríbeme un comentario si en algo coincidimos.

martes, 18 de agosto de 2009

L'orage

La Tormenta

Escuchando el disco que me regaló Didie observo cuanto coincidimos Brassens y yo, no solo en el lunar en la mejilla, Nadine, sino en gustos metereológicos también: No no gusta el buen tiempo





Habladme de la lluvia y no del buen tiempo
El buen tiempo me disgusta y me hace rechinar los dientes
El azul del cielo me pone furioso
Pues el amor más grande que he tenido aquí en la tierra
Se lo debo al mal tiempo, se lo debo a Júpiter
Me cayó de un cielo tormentoso.

Una noche de noviembre, a caballo sobre los tejados
Un señor trueno, con un ruido de mil demonios
Encendía sus fuegos de artificio,
Saltando de su cama en camisón
Mi vecina enloquecida vino a llamar a mi puerta
Solicitando mis buenos quehaceres

“Estoy sola y tengo miedo, ábrame, por favor,
mi esposo acaba de irse a realizar su dura tarea,
pobre mercenario desafortunado,
obligado a dormir fuera cuando hace mal tiempo
por la simple razón de que es representante
de una casa de pararrayos”

Bendiciendo el nombre de Benjamín Franklin
La puse en sitio seguro entre mis brazos cariñosos
Y luego el amor hizo el resto.
Tú, que siembras pararrayos por doquier,
¿Que no has puesto uno en tu propia casa?
Error no lo hay más funesto.

Cuando Júpiter fue a hacerse oir en otra parte,
La guapa, habiendo por fin conjurado su temor
Y habiendo recobrado todo su coraje
Volvió a su casa para secar a su marido
Dándome cita para los días de intemperie
Cita en la próxima tormenta.

A partir de ese día ya no he bajado la mirada
He consagrado mis días a contemplar los cielos
A mirar pasar las nubes
A acechar los estratos, a vigilar los nimbos
A rogarle a los menores cúmulos,
Pero ella no ha vuelto.

Su buen marido había hecho tantos negocios
Vendido tantas puntitas de hierro aquella noche
Que se convirtión en millonario
Y se la llevó hacía cielos siempre azules
Hacia países tontos donde nunca llueve
Donde no se sabe nada de los truenos.

Dios quiera que mi queja vaya, corriendo corriendo
A hablarle de la lluvia, a hablarle del mal tiempo
En el que estuvimos juntos
A contarle que cierto rayo asesino
En el centro de mi corazón ha dejado el dibujo
De una florecilla que se le parece.