No son las 1000 mejores canciones de la historia, ni los 500 mejores poemas, ni los 100 mejores libros, ni tan siquiera las 10 mejores películas, ni los mejores sabores, olores o sensaciones. Son lo que se me ha pegado y sigue pegándose en la piel a lo largo de las décadas que he tenido la suerte de presenciar. Algo que a modo de Jukebox virtual, en el que pueda tener a mano la música, pinturas, fotográfias, etc. que se encuentran desparramadas a lo largo del camino.
Lo que silbo al caminar. No es nostalgia y por supuesto que, cualquier tiempo pasado tan solo fue, anterior. Escríbeme un comentario si en algo coincidimos.
La fille aux cheveux de lin (Preludio) Franz Liszt
Zoltán Kocsis
Nicole, profesora de lengua
Render 3D 30 de junio de 2010
Mademoiselle Isabel, rubia y francesa...
Blas de Otero
Mademoiselle Isabel, rubia y francesa,
con un mirlo debajo de la piel,
no sé si aquél o ésta, oh mademoiselle
Isabel, canta en él o si él en esa.
Princesa de mi infancia; tú, princesa
promesa, con dos senos de clavel;
yo, le livre, le crayon, le...le..., oh Isabel,
Isabel!e...., tu jardín tiembla en la mesa.
De noche, te alisabas los cabellos,
yo me dormía, meditando en ellos
y en tu cuerpo de rosa: mariposa
rosa y blanca, velada con un velo.
Volada para siempre de mi rosa
-mademoiselle Isabel- y de mi cielo.
Ayer fui al cine, ilusionado por ver la última adaptación a la pantalla de la obra Oscar Wilde "El retrato de Dorian Gray", un canto al placer y la belleza, donde el hedonismo es religión, lo que siempre es un buen cimiento para levantar una obra solida.
Pero mi gozo en un pozo, todo se queda en agua de borrajas. Una películita que pretende ser de terror y "sórdida, oscura y carnal". El director juega con las metáforas sobre la tentación, la maldad y el diablo (atención a la primera vez que Dorian visita un burdel) ofreciéndonos un protagonista más vicioso (y bisexual) que nunca. Todo se le queda en un saco de basura adornado con música estridente y pretenciosa.
En fin, que me quedo con la versión que Albert Lewin hizo en 1945 y de paso recomiendo al director, que comete tamaño disparate, lea el prefacio que Oscal Wilde escribió para añadir a su novela y responder a las criticas recibidas por parte de "los que saben" tras la edición.
Claras fuentecillas,
pues murmuráis,
murmurad a Narciso
que no sabe amar.
Murmurad que vive
libre y descuidado
y que mi cuidado
en el agua escribe;
Que pena recibe
si sabe mi pena,
que es dulce cadena
de mi libertad.
Murmurad a Narciso
que no sabe amar.
María de Zayas y Sotomayor
Caravaggio - Narciso
Liebestraum Franz Liszt
El retrato de Dorian Gray (Prefacio)
Oscar Wilde
El artista es creador de belleza.
Revelar el arte y ocultar al artista es la meta del arte.
El crítico es quien puede traducir de manera distinta o con nuevos materiales su impresión de la belleza. La forma más elevada de la crítica, y también la más rastrera, es una modalidad de autobiografía.
Quienes descubren significados ruines en cosas hermosas están corrompidos sin ser elegantes, lo que es un defecto. Quienes encuentran significados bellos en cosas hermosas son espíritus cultivados. Para ellos hay esperanza.
Son los elegidos, y en su caso las cosas hermosas sólo significan belleza.
No existen libros morales o inmorales.
Los libros están bien o mal escritos. Eso es todo.
La aversión del siglo por el realismo es la rabia de Calibán al verse la cara en el espejo.
La aversión del siglo por el romanticismo es la rabia de Calibán al no verse la cara en un espejo.
La vida moral del hombre forma parte de los temas del artista, pero la moralidad del arte consiste en hacer un uso perfecto de un medio imperfecto. Ningún artista desea probar nada. Incluso las cosas que son verdad se pueden probar.
El artista no tiene preferencias morales. Una preferencia moral en un artista es un imperdonable amaneramiento de estilo.
Ningún artista es morboso. El artista está capacitado para expresarlo todo.
Pensamiento y lenguaje son, para el artista, los instrumentos de su arte.
El vicio y la virtud son los materiales del artista. Desde el punto de vista de la forma, el modelo de todas las artes es el arte del músico. Desde el punto de vista del sentimiento, el modelo es el talento del actor.
Todo arte es a la vez superficie y símbolo.
Quienes profundizan, sin contentarse con la superficie, se exponen a las consecuencias.
Quienes penetran en el símbolo se exponen a las consecuencias.
Lo que en realidad refleja el arte es al espectador y no la vida.
La diversidad de opiniones sobre una obra de arte muestra que esa obra es nueva, compleja y que está viva. Cuando los críticos disienten, el artista está de acuerdo consigo mismo.
A un hombre le podemos perdonar que haga algo útil siempre que no lo admire. La única excusa para hacer una cosa inútil es admirarla infinitamente.
Liszt compuso Mazeppa, poema sinfónico basándose en un poema de Victor Hugo: la leyenda de un noble polaco del siglo XVII que, sorprendido en flagrante adulterio con la esposa de un conde celoso, cabalga ensangrentado y desnudo a lomos de un caballo salvaje.
MAZEPPA
Victor Hugo
¡Así, cuando Mazeppa, que ruge y que llora, Ha visto sus brazos, sus pies, sus costados que un sable roza, Todos sus miembros sujetos Sobre un fogoso corcel, alimentado de hierbas marinas, Que humea, y hace brotar el fuego de sus belfos Y el fuego de sus cascos; Cuando en sus nudos se ha enroscado como un reptil, Y ha regocijado con su cólera inútil A sus verdugos jubilosos, Y vuelve a caer finalmente sobre la grupa feroz, El sudor en la frente, la espuma en la boca, Y la sangre en los ojos, Surje un grito; y de repente por la llanura Tanto el hombre como el caballo, desbocados, sin aliento, Sobre las arenas en movimiento, Solos, llenando de ruido un torbellino de polvo Semejante a la nube negra donde serpentea el rayo, Volando con los vientos! Avanzan. Por los valles pasan como una tormenta, Como los huracanes que en los montes se agolpan, Como un globo de fuego; Luego no son ya más que un punto negro en la bruma, Luego se borran en el aire como un copo de espuma En el vasto océano azul. Avanzan. El espacio es grande. En el desierto inmenso, En el horizonte sin fin que siempre recomienza, Se hunden los dos. Su carrera como un vuelo los lleva, y grandes robles, Pueblos y torres, montes negros unidos en largas cadenas, Todo retiembla en torno a ellos. Y si el infortunado, cuya cabeza se quiebra, Se debate, el caballo, que adelanta a la brisa, De un salto más temeroso Se adentra en el desierto vasto, árido, infranqueable, Que ante ellos se extiende, con sus pliegues de arena, Como un manto rayado. Todo vacila y se pinta de colores desconocidos Ve correr los bosques, correr las anchas nubes, El viejo torreón destruido, Los montes cuyos intervalos baña un rayo; Ve; y manadas de humeantes yeguas Lo siguen con gran estrépito. Y el cielo, donde ya se prolongan los pasos de la tarde, Con sus océanos de nubes donde se derraman Más nubes aún, Y su sol que hiende sus olas con su proa, Sobre su frente deslumbrada gira como una rueda De mármol con venas de oro. Su ojo se extravía y brilla, su cabellera arrastra, Su cabeza cuelga; su sangre enrojece la arena amarilla, Los matorrales espinosos; Sobre sus miembros hinchados la cuerda se repliega, Y como una larga serpiente se aprieta y multiplica Su mordedura y sus nudos. El caballo, que no siente ni el bocado ni la silla, No deja de huir, y su sangre no deja de correr y manar, Su carne cae en jirones; ¡Ay! ¡ya a las yeguas ardientes, que lo seguían, irguiendo sus crines colgantes, Las suceden los cuervos! ¡Los cuervos, el búho con el ojo redondo, que se espanta, El águila recelosa de los campos de batalla, y el pigargo, Monstruo desconocido del día, Los oblicuos mochuelos, y el gran buitre leonado Que hurga en los costados de los muertos, donde su cuello rojo y calvo Se hunde como un brazo desnudo! Todos vienen a ensanchar la bandada fúnebre; Todos abandonan, para seguirla, la encina aislada Y los nidos de la casa solariega. Él, sangrando, perdido, sordo a sus gritos de júbilo, Pregunta al verlos: ¿Quién pues, allá arriba, despliega Este gran abanico negro? La noche desciende lúgubre, y sin manto estrellado. El enjambre se encarniza, y sigue, como una jauría alada, Al viajero humeante. Entre el cielo y él, como un torbellino sombrío, Los ve, luego los pierde, y los escucha en la sombra Volar confusamente. Por fin, después de tres días de una carrera insensata, Después de haber franqueado ríos de agua helada, Estepas, bosques, desiertos, El caballo cae ante los gritos de las mil aves de presa, Y su pezuña de hierro sobre la piedra que desmenuza Extiende sus cuatro relámpagos. Ahí está el infortunado yaciente, desnudo, miserable, Moteado de sangre, más rojo que el arce en la estación de las flores. La nube de pájaros sobre él gira y se detiene; Muchos picos ardientes aspiran a roer en su cabeza Sus ojos quemados de llorar. ¡Pues bien! a este condenado que grita y que se arrastra, A este cadáver viviente, las tribus de Ucrania Lo harán príncipe un día. Un día, sembrando los campos de muertos sin sepultura, Resarcirá por los amplios pastizales Al pigargo y al buitre. Su salvaje grandeza nacerá de su suplicio. ¡Un día, de los viejos jefes de los cosacos ceñirá la pelliza, Grande, con ojo fascinado; Y cuando pase, estos pueblos que viven en tiendas, Prosternados, lanzarán la fanfarria estrepitosa A rebotar en torno a él!
II
¡Así, cuando un mortal, sobre el que se extiende su dios, Se ha visto agarrarse aún vivo sobre tu grupa fatal, Genio, ardiente corcel, En vano lucha, ¡ay! tú saltas, tú lo llevas Fuera del mundo real, cuyas puertas quiebras Con tus patas de acero! Tú franqueas con él desiertos, cimas nevadas De los viejos montes, y los mares, y, más allá de las nubes, De las regiones sombrías; Y mil espíritus impuros que tu curso despierta En torno al viajero, insolente maravilla, Apremian a sus legiones. Atraviesa de un vuelo, sobre tus alas llameantes, Todos los campos de lo posible, y los mundos del alma; Bebe del río eterno; En la noche tormentosa o en la noche estrellada, Su cabellera, mezclada a las crines de los cometas, llamea al frente del cielo. Las seis lunas de Herschel, el anillo del viejo Saturno, El polo, redondeando una aurora nocturna Sobre su frente boreal, Lo ve todo; y para él tu vuelo, al que nada cansa, De este mundo sin límite a cada instante desplaza El horizonte ideal. ¿Quién puede saber, salvo los demonios y los ángeles, Lo que sufre siguiéndote, y qué relámpagos extraños En sus ojos refulgirán, Cuando sea quemado en medio de chispas ardientes, ¡Ay! y en la noche cuántas frías alas Vendrán a golpear su frente? Él grita espantado, tú prosigues implacable. Pálido, agotado, expuesto, bajo tu vuelo que lo abruma Él se da por vencido con horror; Cada paso que das parece cavar su tumba. Por fin el término llega… corre, vuela, cae, Y se incorpora ya rey!
1.¡Oh llama de amor viva, que tiernamente hieres de mi alma en el más profundo centro! Pues ya no eres esquiva, acaba ya, si quieres; ¡rompe la tela de este dulce encuentro!
2. ¡Oh cauterio suave! ¡Oh regalada llaga! ¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado, que a vida eterna sabe, y toda deuda paga! Matando, muerte en vida la has trocado.
3. ¡Oh lámparas de fuego, en cuyos resplandores las profundas cavernas del sentido, que estaba oscuro y ciego, con extraños primores calor y luz dan junto a su Querido!
4. ¡Cuán manso y amoroso recuerdas en mi seno, donde secretamente solo moras y en tu aspirar sabroso, de bien y gloria lleno, cuán delicadamente me enamoras!
Extravagante deidad, oscura como las noches, Con perfume mezclado de almizcle y de habano, Obra de algún obi, el Fausto de la sabana, Hechicera con ijares de ébano, engendro de negras mediasnoches,
Yo prefiero a la constancia, al opio, a las noches, El elixir de tu boca donde el amor se pavonea; Cuando hacia ti mis deseos parten en caravana, Tus ojos son la cisterna donde beben mis hastíos.
Por esos dos grandes ojos negros, tragaluces de tu alma, ¡Oh, demonio sin piedad! vierte sobre mí menos fuego; Que no soy el Estigio para abrazarte nueve veces,
¡Ay! y no puedo, Megera libertina, Para quebrar tu coraje y dejarte en las últimas, En el infierno de tu lecho volverme Proserpina.