O "el nido del cuco", si te gusta más.

No son las 1000 mejores canciones de la historia, ni los 500 mejores poemas, ni los 100 mejores libros, ni tan siquiera las 10 mejores películas, ni los mejores sabores, olores o sensaciones. Son lo que se me ha pegado y sigue pegándose en la piel a lo largo de las décadas que he tenido la suerte de presenciar. Algo que a modo de Jukebox virtual, en el que pueda tener a mano la música, pinturas, fotográfias, etc. que se encuentran desparramadas a lo largo del camino.
Lo que silbo al caminar.
No es nostalgia y por supuesto que, cualquier tiempo pasado tan solo fue, anterior.
Escríbeme un comentario si en algo coincidimos.
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viernes, 22 de mayo de 2009

Ederlezi







Esta mañana, como solemos hacer mi hija y yo cada vez que voy a pasar en día (debería decir pasar un rato) con ella en Salamanca, desayunamos en la cafetería de la Facultad de Filología Hispánica en la Plaza de Anaya. Después de la rutinaria regañina a causa de su aspecto - ¿a quien querrá epatar? - que finaliza con una sonrisa, cuando le digo que a pesar y por mucho que intente parecer terrorífica, sigue estando preciosa.

Comentamos su interés por la iconografía católica en la imaginería barroca española -nunca deja de sorprenderme-  y me comprometo, cuando finalice los examenes, a viajar con ella a Cordoba para visitar la Mezquita, quiere comprobar algo in situ (¿Porqué el lenguaje de los universitarios está plagado de latinajos?)

Llega su amiga A..... con la que había quedado para ir a no se que biblioteca a consultar no se que bibliografía sobre arte precolombino.
¿Te acuerdas de A..... , Cleopatra como tú la llamas?
Me amilano al saludar a A....., pues veo que le ha hablado de mi comentario sobre su piel blanca, tan transparente que puede verse el azul de las venas, y su parecido con la reina de Egipto obsesionada con la palidez que la llevaba a bañarse en leche de burra llegando al extremo de maquillarse pintando de azul sus venas.

Cleopatra, que estudia Matemáticas y vestida con un chaleco bordado y un bonete ruso -del que cae una preciosa trenza rubia- a juego, sonríe al decir ¿Que tal está?

Abono los desayunos y en la plaza tras despedirnos -tenemos mucha prisa ¿lo comprendes, verdad?- observo como se alejan entre un manada de turistas japoneses. En la esquina de la calle Libreros saludan a un mozalbete que es una mezcla entre el autorretrato de Durero del Prado y un rastafari jugador de baloncesto.

Cuando cruzó la plaza hacia la catedral, oigo un ¡papá, espera! y entregándome un paquete envuelto en papel de regalo me felicita por mi cumpleaños (fue hace casi un mes) -Ya sabes de mi despiste... Te quiero. Ciao - me da dos besos y corre tras el rastafari y la princesa egipcia.

Es un Cd de Goran Bregovic. ¡Dios, como me conoce! 

Murmullo un "Te quiero, pequeña" y lanzo un beso al aire al tiempo que una japonesa dispara su cámara enfocando a la impresionante mole de la catedral.

¿Que pensará cuando vea en Tokio a un tacituno español con barba de dos día lanzando besos al aire?



martes, 10 de febrero de 2009

Canzoneta Spagnuola

Vuelco al PC las fotogtafías de la cámara y encuentro estas fotos hechas el 27 de noviembre pasado en Salamanca y un recuerdo agradable, como el calor de una chimenea, me invade.

Desayuno con mi hija (su estética cada día que pasa corre en camino inverso a su ética) en un bar de facultad -de Filología creo-, paseo por Salamanca bajo una fina lluvia de aguanieve y viento helado. La Plaza Mayor cruzada mil veces por estudiantes y turistas, en la que las lenguas más dispares se mezclan con los click de las máquinas fotográficas de grupos de japoneses ávidos de plasmar toda su arquitectura barroca en su tarjeta de memoria. Conversaciones al mediodía, acompañadas de sopas castellanas, sobre arte prerromántico y el Plan Bolonia (al que mi hija atribuye todos los males que caerán sobre la universidad española poniéndola en manos de fenicios y banqueros). Café y té en un bar rodeado de estudiantes que descansan montañas de apuntes y libros sobre las sillas. Cuando cae la tarde, reflejos de la arquitectura renacentista en los charcos de lluvia, nos despedimos con algunos ligeros reproches (yo a mi hija sobre su pelo y ella a mi sobre lo que llama "control") y tiernos abrazos que mi "niña chica" aún acepta de su papa.

El poderoso poder de la fotografía.