No son las 1000 mejores canciones de la historia, ni los 500 mejores poemas, ni los 100 mejores libros, ni tan siquiera las 10 mejores películas, ni los mejores sabores, olores o sensaciones. Son lo que se me ha pegado y sigue pegándose en la piel a lo largo de las décadas que he tenido la suerte de presenciar. Algo que a modo de Jukebox virtual, en el que pueda tener a mano la música, pinturas, fotográfias, etc. que se encuentran desparramadas a lo largo del camino.
Lo que silbo al caminar. No es nostalgia y por supuesto que, cualquier tiempo pasado tan solo fue, anterior. Escríbeme un comentario si en algo coincidimos.
Me voy. Si alguien quiere encontrarme que busque un hombre taciturno sentado al lado de una mujer bella que mira todo como si fuera la primera vez y sonríe como una madonna del quattrocento en cualquiera de las tascas que a medianoche dejan escapar por sus ventanas las notas tristes de un fado para que ruede calle abajo enredándose en las faldas de las muchachas que pasean por las callejuelas de Alfama.
Es el tango más viejo del mundo Este que la cabezas rubias Balbucean como una ronda Apendiendo su latín Es el tango del colegio que coge los sueños en la trampa Y del cual es sacrilegio No salir inteligente
Es el tango de los buenos curas Que vigilan con ojo severo A los Julio y los Próspero Que serán la Francia de mañana
Rosa rosa rosam Rosae rosae rosa Rosae rosae rosas Rosarum rosis rosis.
Es el tango de los fuertes en tema Granujientos hasta el extremo Y que recubren de lana Su corazón que ya está frío Es el tango de los fuertes en nada Que declinan de tristeza Y que serán farmacéuticos Porque papá no lo era
Es el tiempo en que yo era el último Porque a ese tango rosa rosae Me inclinaba a preferir Ya a mi prima Rosa
Rosa rosa rosam Rosae rosae rosa Rosae rosae rosas Rosarum rosis rosis.
Es el tango de los paseos Dos por solo bajo las arcadas Cercadas de cuervos y de alcaldes Que nos protegían de los porqué Es el tango de la lluvia sobre el patio El espejo de un charco sin amor Que me hizo comprender un día Que yo no sería Vasco de Gama
Pero es el tango del tiempo bendito En que por un beso pequeñito En el claro de un jueves Ha sonrosado mi prima Rosa
Rosa rosa rosam Rosae rosae rosa Rosae rosae rosas Rosarum rosis rosis.
Es el tango del tiempo de los ceros Yo tenía tantos delgados y gordos Que hacía túneles para Charlot Aureolas para San Francisco Era el tango de las recompensas Que iban a quienes tienen la suerte De aprender desde su infancia Todo lo que no les servirá
Pero es el tango del que se lamenta Una vez que el tiempo se compra Y que estúpido se da cuenta De que hay espinas en las Rosa
Rosa rosa rosam Rosae rosae rosa Rosae rosae rosas Rosarum rosis rosis.
Rosa Rosae Francesco De Gregori
Rosa che rosa non sei, rosa che spine non hai. Rosa che spine non temi, che piangi e che tremi, che vivi e che sai. Rosa che non mi appartieni, che sfiori, che vieni, che vieni, che vai. Rosa che rose non vuoi, rosa che sonno non hai. Rosa di tutta la notte, che tutta la notte non basterà mai.
Rosa che non mi convieni, che prendi e che tieni, che prendi e che dai. Rosa che dormi al mattino e venirti vicino non oso. Rosa che insegni il cammino alla sposa e allo sposo. Rosa d'amore padrona, punisci e perdona, non chiuderti mai. Rosa d'amore signora, digiuna e divora, non perdermi mai
Rosa Blanca Mariza
"Tantas vueltas di bailando
que la rosa se deshojó."
Lascia la spina, cogli la rosa (Haendel) Cecilia Bartoli
La semana pasada, de madrugada, paseaba por un pueblo de Cáceres tras asistir a un festival de teatro; desde el silencio de una callejuela me llegaron las notas tristísimas de este fado en el que una mujer llora la muerte de su amante, -algunos dicen que Primavera es el FADO- a mi me recuerda el coro de las tragedias griegas. No me lo podía creer. Corrí en busca de la dueña de la voz y en mitad de una plazoleta, a oscuras, tan solo iluminada por velas, acompañada de dos músicos (un hombre y una mujer), vestida de negro y violeta desgarraba las notas del fado ante unos cien espectadores que los rodeaban sentados en la escalinata de una iglesia renacentista. Me senté a escasos dos metros de ella (Roçário, es su nombre y no es portuguesa sino de la raya -Cáceres-), podía sentir su respiración mientras desgranaba una selección de fados clásicos. No era Mariza, pero todavía siento escalofríos...