No son las 1000 mejores canciones de la historia, ni los 500 mejores poemas, ni los 100 mejores libros, ni tan siquiera las 10 mejores películas, ni los mejores sabores, olores o sensaciones. Son lo que se me ha pegado y sigue pegándose en la piel a lo largo de las décadas que he tenido la suerte de presenciar. Algo que a modo de Jukebox virtual, en el que pueda tener a mano la música, pinturas, fotográfias, etc. que se encuentran desparramadas a lo largo del camino.
Lo que silbo al caminar. No es nostalgia y por supuesto que, cualquier tiempo pasado tan solo fue, anterior. Escríbeme un comentario si en algo coincidimos.
¿Recuerdas aquel cuello, haces memoria
del privilegio aquel, de aquel aquello
que era, almenadamente blanco y bello,
una almena de nata giratoria?
Recuerdo y no recuerdo aquella historia
de marfil expirado en un cabello,
donde aprendió a ceñir el cisne cuello
y a vocear la nieve transitoria.
Recuerdo y no recuerdo aquel cogollo
de estrangulable hielo femenino
como una lacteada y breve vía.
Y recuerdo aquel beso sin apoyo
que quedó entre mi boca y el camino
de aquel cuello, aquel beso y aquel día.
Miguel Hernández
The Long And Winding Road
The Beatles
La larga y serpenteante carretera
La larga y serpenteante carretera que lleva hasta tu puerta nunca desaparecerá he visto esa carretera antes siempre me ha llevado hasta aquí me ha llevado hasta tu puerta.
La noche salvaje y ventosa que la lluvia ha limpiado ha dejado un charco de lágrimas llorando por el día. ¿por qué dejarme aquí plantado? enséñame el camino.
Muchas veces me he sentido solo y muchas veces he llorado, de cualquier modo, nunca sabrás de cuantas maneras lo he intentado.
Y aún me conducen de vuelta a la larga, serpenteante carretera tú me dejaste plantado aquí hace mucho, mucho tiempo no me dejes aquí esperando llévame hasta tu puerta.
Pero aún me conducen de vuelta a la larga, serpenteante carretera tú me dejaste plantado aquí hace mucho, mucho tiempo (oooh) no me dejes aquí esperando (no me dejes esperando) llévame hasta tu puerta. (sí, sí, sí, sí)
Mira, chica, un barco blanco viene río arriba, con un gran farol rojo, y una bandera, y un hombre en la barandilla, Creo que deberías llamar a John, porque no parece que vengan a traer el correo Y están a menos de una milla de aquí, Espero que no vengan a quedarse, Lleva soldados a estribor y un cañón, y viene levantando grandes olas.
Papá se ha ido, mi hermano está fuera cazando en los montes, Big John no ha parado de beber desde que el río se tragó a Emmy-Lou, parece que los poderes fácticos me han dejado aquí para que decida, Acababa de cumplir los veintidós Y me preguntaba qué podía hacer, Y cuanto más se acercaban Esos sentimientos se hacían más fuertes.
El rifle de papá en mi mano me transmitía tranquilidad, Él me dijo: “Rojo significa corre, hijo, y los soldados se han alistado para nada” Cuando el primer disparo rebotó en los muelles me lo olí, Levanté mi rifle hacia mi ojo, Nunca me paré a preguntar por qué. Entonces vi oscuridad, y mi cara salpicó el cielo.
Protégeme de la pólvora y del dedo Cúbreme con el pensamiento que apretó el gatillo Piensa en mí como en alguien de quien nunca habrías imaginado Que se esfumaría tan joven Con tanto por hacer, Dále recuerdos a mi amor, sé que la echaré de menos.
Canción del esposo soldado
Miguel Hernández
He poblado tu vientre de amor y sementera, he prolongado el eco de sangre a que respondo y espero sobre el surco como el arado espera: he llegado hasta el fondo.
Morena de altas torres, alta luz y ojos altos, esposa de mi piel, gran trago de mi vida, tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos de cierva concebida.
Ya me parece que eres un cristal delicado, temo que te me rompas al más leve tropiezo, y a reforzar tus venas con mi piel de soldado fuera como el cerezo.
Espejo de mi carne, sustento de mis alas, te doy vida en la muerte que me dan y no tomo. Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas, ansiado por el plomo.
Sobre los ataúdes feroces en acecho, sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho hasta en el polvo, esposa.
Cuando junto a los campos de combate te piensa mi frente que no enfría ni aplaca tu figura, te acercas hacia mí como una boca inmensa de hambrienta dentadura.
Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera: aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo, y defiendo tu vientre de pobre que me espera, y defiendo tu hijo.
Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado envuelto en un clamor de victoria y guitarras, y dejaré a tu puerta mi vida de soldado sin colmillos ni garras.
Es preciso matar para seguir viviendo. Un día iré a la sombra de tu pelo lejano, y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo cosida por tu mano.
Tus piernas implacables al parto van derechas, y tu implacable boca de labios indomables, y ante mi soledad de explosiones y brechas recorres un camino de besos implacables.
Para el hijo será la paz que estoy forjando. Y al fin en un océano de irremediables huesos tu corazón y el mío naufragarán, quedando una mujer y un hombre gastados por los besos.
En su grave rincón, los jugadores rigen las lentas piezas. El tablero los demora hasta el alba en su severo ámbito en que se odian dos colores.
Adentro irradian mágicos rigores las formas: torre homérica, ligero caballo, armada reina, rey postrero, oblicuo alfil y peones agresores.
Cuando los jugadores se hayan ido, cuando el tiempo los haya consumido, ciertamente no habrá cesado el rito.
En el Oriente se encendió esta guerra cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra. Como el otro, este juego es infinito.
II
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada reina, torre directa y peón ladino sobre lo negro y blanco del camino buscan y libran su batalla armada.
No saben que la mano señalada del jugador gobierna su destino, no saben que un rigor adamantino sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero (la sentencia es de Omar) de otro tablero de negras noches y blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza de polvo y tiempo y sueño y agonías?
La niña de Hiroshima Aguaviva
La vejez en los pueblos. El corazón sin dueño. El amor sin objeto. La hierba, el polvo, el cuervo. ¿Y la juventud?
En el ataúd.
El árbol, solo y seco. La mujer, como un leño de viudez sobre el lecho. El odio, sin remedio. ¿Y la juventud?
En el ataúd. Miguel Hernández
Masters of War Bob Dylan
Vengan señores de la guerra, ustedes que construyen todas las armas, ustedes que construyen los aviones de muerte, ustedes que construyen las grandes bombas, ustedes que se esconden detrás de paredes, ustedes que se esconden detrás de escritorios, sólo quiero que sepan que puedo ver detrás de sus máscaras.
Ustedes que nunca hicieron nada excepto construir para destruir, ustedes juegan con mi mundo como si fuera juguetito de ustedes, ponen un arma en mi mano y se esconden de mis ojos y se dan vuelta y corren alejándose cuando vuelan rápidas las balas
Como antes Judas, mienten y engañan. Una guerra mundial puede ganarse (me quieren hacer creer) pero veo a través de sus ojos, y veo a través de sus cerebros, como veo a través del agua que corre por mi alcantarilla.
Ustedes ajustan los gatillos para que otros disparen y luego retroceden y observan. Cuando el número de muertos asciende se esconden en sus mansiones mientras la sangre de los jóvenes se escapa de sus cuerpos y se entierra en el barro.
Ustedes arrojaron el peor miedo que alguien pudo haber lanzado: el miedo a traer niños al mundo por amenazar a mi hijo aún no nacido, sin nombre, no merecen la sangre que corre por sus venas.
¿Cuánto sé como para hablar cuando no corresponde? Ustedes podrían decir que soy joven, podrían decir que no tengo educación, pero hay una cosa que sé, pese a ser más joven que ustedes: incluso Jesús nunca perdonaría lo que ustedes hacen.
Déjenme preguntarles una cosa: ¿el dinero que tienen es tan bueno como para comprarles el perdón? ¿Piensan que tendría ese poder? Creo que se darán cuenta cuando les llegue la hora de la muerte que todo el dinero que ganaron nunca servirá para recuperar sus almas.
Y espero que mueran y que la muerte les llegue pronto; yo seguiré sus ataúdes en la pálida tarde, y observaré mientras los bajan hasta su lecho último, y me quedaré parado frente a sus tumbas hasta asegurarme que estén muertos.
Aquel caballero, madre, que de mi se enamoró... Pena él y muero yo. Madre, aquel caballero que va herido de amores... También siento sus dolores porque dellos mismos muero.
El trovador - Chiclana de la Frontera (Cádiz)
Más vale trocar
(Juan del Encina)
Jordi Savall
Más vale trocar placer por dolores, que estar sin amores.
Donde es gradecido es dulce morir; vivir en olvido aquél no es vivir; mejor es sufrir pasión y dolores, que estar sin amores.
Es vida perdida vivir sin amar, y más es que vida saberla emplear: mejor es penar sufriendo dolores, que estar sin amores.
La muerte es vitoria do vive afición; que espera haber gloria quien sufre pasión: más vale presión de tales dolores, que estar sin amores.
El que es más penado más goza de amor; que el mucho cuidado le quita el temor: así que es mejor amar con dolores, que estar sin amores.
No teme tormento quien ama con fe, si su pensamiento sin causa no fué; habiendo por qué más valen dolores, que estar sin amores.
Amor que no pena no pida placer, pues ya le condena su poco querer; mejor es perder placer por dolores, que estar sin amores.
Juan de Encina
El último trago José Alfredo Jiménez
Poema XX
Pablo Neruda
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos."
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como esta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oir la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche esta estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque este sea el ultimo dolor que ella me causa,
y estos sean los ultimos versos que yo le escribo.
Tristeza de amor Hilario Camacho
Es verdad
F.G.Lorca
¡Ay qué trabajo me cuesta quererte como te quiero!
Por tu amor me duele el aire, el corazón y el sombrero.
¿Quién me compraría a mí este cintillo que tengo y esta tristeza de hilo blanco, para hacer pañuelos?
¡Ay qué trabajo me cuesta quererte como te quiero!
Sufre como yo Albert Plá
Donde habite el olvido Luis Cernuda
Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.
En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.
Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.
Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.
Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido
Llegó con tres heridas Miguel Hernández - J.M. Serrat
No he venido a cantar, podéis llevaros la guitarra. No he venido tampoco, ni estoy aquí arreglando mi expediente para que me canonicen cuando muera. He venido a mirarme la cara en las lágrimas que caminan hacia el mar, por el río y por la nube... y en las lágrimas que se esconden en el pozo, en la noche y en la sangre... He venido a mirarme la cara en todas las lágrimas del mundo. Y también a poner una gota de azogue, de llanto, una gota siquiera de mi llanto. en la gran luna de este espejo sin límites, donde me miren y se reconozcan los que vengan. He venido a escuchar otra vez esta vieja sentencia en las tinieblas: Ganarás el pan con el sudor de tu frente y la luz con el dolor de tus ojos. Tus ojos son las fuentes del llanto y de la luz.
Así como del fondo de la música brota una nota que mientras vibra crece y se adelgaza hasta que en otra música enmudece, brota del fondo del silencio otro silencio, aguda torre, espada, y sube y crece y nos suspende y mientras sube caen recuerdos, esperanzas, las pequeñas mentiras y las grandes, y queremos gritar y en la garganta se desvanece el grito: desembocamos al silencio en donde los silencios enmudecen.
Tiempo y silencio Pedro Guerra y Cesaria Evora
Quelqu'un pleure dans le silence...
Emile Nelligan
Quelqu'un pleure dans le silence Morne des nuits d'avril; Quelqu'un pleure dans la somnolence Longue de son exil; Quelqu'un pleure sa douleur Et c'est mon cœur !
Alguien llora en silencio
de las noches de abril;
alguien llora el entresueño
largo de su exilio;
alguien llora su dolor,
y es mi corazón...
El tren de los heridos
Miguel Hernández
Silencio que naufraga en el silencio de las bocas cerradas de la noche. No cesa de callar ni atravesado. Habla el lenguaje ahogado de los muertos.
Silencio.
Abre caminos de algodón profundo, amordaza las ruedas, los relojes, detén la voz del mar, de la paloma: emociona la noche de los sueños.
Silencio.
El tren lluvioso de la sangre suelta, el frágil tren de los que se desangran, el silencioso, el doloroso, el pálido, el tren callado de los sufrimientos.
Silencio.
Tren de la palidez mortal que asciende: la palidez reviste las cabezas, el ¡ay! la voz, el corazón la tierra, el corazón de los que malhirieron.
Silencio.
Van derramando piernas, brazos, ojos, van arrojando por el tren pedazos. Pasan dejando rastros de amargura, otra vía láctea de estelares miembros.
Silencio.
Ronco tren desmayado, enrojecido: agoniza el carbón, suspira el humo y, maternal la máquina suspira, avanza como un largo desaliento.
Silencio.
Detenerse quisiera bajo un túnel la larga madre, sollozar tendida. No hay estaciones donde detenerse, si no es el hospital, si no es el pecho.
Para vivir, con un pedazo basta: en un rincón de carne cabe un hombre. Un dedo solo, un solo trozo de ala alza el vuelo total de todo un cuerpo.
Silencio.
Detened ese tren agonizante que nunca acaba de cruzar la noche.
Y se queda descalzo hasta el caballo, y enarena los cascos y el aliento.
Silencio de metal triste y sonoro
Miguel Hernández
Silencio de metal triste y sonoro, espadas congregando con amores en el final de huesos destructores de la región volcánica del toro.
Una humedad de femenino oro que olió puso en su sangre resplandores, y refugió un bramido entre las flores como un huracanado y vasto lloro.
De amorosas y cálidas cornadas cubriendo está los trebolares tiernos con el dolor de mil enamorados.
Bajo su piel las furias refugiadas son en el nacimiento de sus cuernos pensamientos de muerte edificados.
Tu silencio Bebe
Obligado silencio
Ana Lucía Montoya Rendón
No hables más ilusa tájate la lengua guarda ese cuento bajo miles de lajas.
Un día en otra ronda en otro Universo en el muro de una cueva alguien encontrará tus lamentos.
Y, dirá el jefe de la excavación:
"Este esqueleto correspondía a una fértil hembra por lo ancho de sus caderas robustos poemas paría pero por la forma de los maxilares obligada fue a quedarse muda."
Amor constante más allá de la muerte Francisco de Quevedo y Villegas
El palomar de las cartas abre su imposible vuelo desde las trémulas mesas donde se apoya el recuerdo, la gravedad de la ausencia, el corazón, el silencio.
Oigo un latido de cartas navegando hacia su centro.
Donde voy, con las mujeres y con los hombres me encuentro, malheridos por la ausencia desgastados por el tiempo.
Cartas, relaciones, cartas: tarjetas postales, sueños, fragmentos de la ternura, proyectados en el cielo, lanzados de sangre a sangre y de deseo a deseo.
Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra, que yo te escribiré.
En un rincón enmudecen cartas viejas, sobres viejos, con el color de la edad sobre la escritura puesto. Allí perecen las cartas llenas de estremecimientos. Allí agoniza la tinta y desfallecen los pliegos, y el papel se agujerea como un breve cementerio de las pasiones de antes, de los amores de luego.
Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra, que yo te escribiré.
Cuando te voy a escribir se emocionan los tinteros: los negros tinteros fríos se ponen rojos y trémulos, y un claro calor humano sube desde el fondo negro.
Cuando te voy a escribir, te van a escribir mis huesos: te escribo con la imborrable tinta de mi sentimiento.
Allá va mi carta cálida, paloma forjada al fuego, con las dos alas plegadas y la dirección en medio. Ave que sólo persigue, para nido y aire y cielo, carne, manos, ojos tuyos, y el espacio de tu aliento.
Y te quedarás desnudo dentro de tus sentimientos, sin ropa, para sentirla del todo contra tu pecho.
Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra, que yo te escribiré.
Ayer se quedó una carta abandonada y sin dueño, volando sobre los ojos de alguien que perdió su cuerpo.
Cartas que se quedan vivas hablando para los muertos: papel anhelante, humano, sin ojos que puedan serlo.
Mientras los colmillos crecen, cada vez más cerca siento la leve voz de tu carta igual que un clamor inmenso. La recibiré dormida, si no es posible despierta. Y mis heridas serán los derramados tinteros, las bocas estremecidas de rememorar tus besos, y con su inaudita voz han de repetir: te quiero.